A un año de iniciar este espacio, va de nuevo el primer texto con collage nuevo.
Gracias.
Don Alfredo, mi abuelo materno fue cuidador de huertas de mango y siempre andaba con un arma, la cual cada que usaba, ocasionaba un éxodo en la familia de mi mamá. Don Pepe, mi abuelo paterno, fue carnicero; ni como olvidar la forma como mataba al guajolote el mismo día de Navidad. Pepe, mi papá, fue trailero. Se enseñó a conducir trailers cargados de refrescos y pipas cargadas de gasolina.
Mi papá, estaría sentado en su pipa, esperando su turno para cargar gas (el nuevo negocio familiar), cuando la explosión de San Juanico lo alcanzó. La madrugada del 19 de noviembre de 1984, Pepe, mi papá, se arrojaba a un charco con el cuerpo incendiado, siendo así, uno de los 2, 500 heridos que arrojaría la explosión. Después de dolorosos cuidados, con quemaduras de tercer gado en casi todo su cuerpo y a punto de serle mutilada la pierna derecha, mi papá fue uno de los miles de muertos que nadie nunca acabó de contar. Mi abuelo Alfredo dejó de cuidar mangos por cuidar combustible, y en un asalto a la gasolinera murió a tiroteos, “pero se llevó a dos bandidos”, decía la gente; y, a Don Pepe, sólo le dejó de funcionar el corazón.
Hoy, no se que diría mi papá de que a mi edad no se conducir ni una moto; no se que diría mi abuelo materno si supiera que me aterran las armas; no se que diría el papá de mi papá si supiera que soy incapaz de matar un pollo y comérmelo; no se que dirían los tres, si supieran que se y me gusta, tejer.
