1.
Casi todas las plantas que cultivo, lo hago cortando una rama de la dama y metiéndola en el agua. Como si fuesen los primeros dientes de mis hijos, veo como salen sus primeras raíces: primero es una, luego siguen todas. No es sólo el agua, es el calor del sol también, se genera la sopa que no sólo permitirá que esa ramita continúe con vida, sino que (la) se reproduzca. La sopa en la que habré nadado en el útero de mi madre, siendo un bulbo pequeño, saliéndome como pequeñas raíces el pelo, los bigotes; después vendrían los dientes.
2.
Cuando transplanté el pastito para que poblara las faldas del Árbol de la Abundancia, 50% del pastito murió. El 50% que quedó se reprodujo por encima de los restos de la mitad que pereció, formando una montañita. Las plantas, cuando son transplantadas, deciden si se enraízan o si se van. Si aceptan la tierra nueva o se dejarán morir añorando la pasada. La Vida me transplantó de los 42º de la Tierra Caliente de Guerrero a los -8º del Valle del Xinantécatl.
3.
No pasa mucho tiempo, antes de que la planta comience habitar su maceta: lo hace con sus retoños, con los pequeños bichos que atrae, con sus hojas secas, ya que el tiempo (¿cuánto vivirán las plantas?) también pasa por ellas. Hay plantas que crecen hacía arriba, otras se expanden hacia los lados, otras se enredan y otras trepan, son seres vivos que no solo viven, habitan; y el habitar (también) es una decisión. Habito mi espacio con plantas –que no diré más que son mías, en realidad la naturaleza no le pertenece a nadie- y con esas piezas y mañas que ocasionan en mi un gozo. Piezas y mañas aprendidas de otros seres humanos, mañas y piezas que al integrarlas a mi hábitat, me traen en recuerdo emocionante a esas personas de las cuales soy honrosa parte.


