Seis veces he visto a Nortec, una de ellas en Valle de Bravo, en el Festival de las Almas: los cinco dj’s del colectivo juntos con la banda (¡tambora en vivo y a colorfull!) Agua Caliente. Había que llevar nopales en algún lado. Algo hay del norte en el sur y algo hay del sur en el norte, como la Norteña del Sur y los frijoles puercos. En otra ocasión (y con otra playera), éramos dos bailando, no se baila con cualquiera: muchas cosas entre ambos tienen que coincidir en un momento preciso. Con los cuerpos bien arrepegados, con la mano derecha en la cintura del otro; en la izquierda, las chelas. Entre zapateado y zapateado, se fortalece algo que después se desvanece; sin embargo, queda aquel viaje compartido. Agüita de Coco. La última vez fuimos tres: un chavo, una chava y yo. Los tres estábamos solos, compartimos un cigarro, pusimos nuestras mochilas a manera de hoguera y alrededor de ellas fue que bailamos. No supimos nuestros nombres, y es probable que nunca nos volvamos a ver, pero en ese momento simple y sencillamente nos conectamos, bajo el Monumento a la Revolución, del D.F.
Usé la playera con el nopal un par de veces más, hasta que convocado por El Xochipilli en la primavera del 2007, acudí a Santa María la Rivera, en el D.F. Me quité la playera y El Señor de las Flores comenzó a pintar mi torso desnudo. Nos fuimos a Bellas Artes para jugar con la percepción de los chilangos: de lejos parecía que estábamos completamente vestidos, de cerca, la pintura nos delataba. De regreso a Toluca, me volví a poner la misma playera, y sin darme cuenta la playera inexistente quedó grabada en el interior de la de nopales. Dos por una.


