De niño, renuncié a las calcetas blancas: traía una de un color y otra de otro; renuncié a cualquier tipo de balón, el fut en la tele siempre me ha aburrido y jugarlo nunca me atrajo. Renuncié a los concursos deportivos y acepté los cursos de dibujo, los Atlas de México (aquellos enormes) y las monografías del Sistema Solar. Renuncié a los juegos agresivos y a irme de pinta con la guachada a los arroyos. Renuncié al azul, prefería la presencia femenina. Mi Patria de entonces, comenzaba hacerme saber que algo no estaba bien, y en un intento por hacerle saber que no todo estaba mal, me hice de ella: el último año de infancia, cada lunes escolar, cada acto cívico, me ponía mi uniforme especial, el cuál era especial entre los seis uniformes especiales: llevaba en mi gorro una pequeña asta coronada de flecos dorados. En mi pecho atravesado el porta y en mis manos La Bandera.
De adolescente, renuncié a los acomedidos, “a falta de su padre” –decían-, que insistían en llevarme a Las Delicias, la Zona Roja de Pungarabato. Renuncié a Delia, la más bonita de la secundaria. De adolescente, renuncié a llenarme los ojos de vaporub o la espalda de pica-pica con otros hombres. Renuncié a liberar mi energía golpeando, lo hice zapateando.
De joven renuncié al Servicio Militar Mexicano. El día del sorteo recibí una bocanada de mal aliento a prepotencia militar, en la cara del apestoso rompí dramáticamente mi precartilla; no se si fue performance, lo que sí se es que fue catártico. Rompí relaciones con lo que La Patria espera de mi como mexicano, como macho. Mandé a la Selección Mexicana de Fútbol al carajo y me puse a bordar, sin esconderme de mi abuelo paterno.
Al imaginar la Patria no puedo evitar remojar mis pies en la utopía; imagino mi Patria sin que la heteronorma me acerque a lo que no me gusta y me aleje de lo que disfruto. Me imagino una Patria donde ser lo que uno siente no represente una lucha social. Una Patria donde como hombre, reconozca y conviva con mis emociones, emociones bigotonas. Una Patria bien lejos del bien y del mal.

Como tù,muchos han imaginado su patria muy aparte de esquemas obsoletos,la han hecho colorida,abierta,lejos de lo que los actos oficiales y la supuesta mayorìa exige.
Es por eso que la Patria se debe a los soñadores, a los innovadores, a quienes ponen en tela de juicio lo establecido quienes hacen que este paìs se muestre orgulloso de lo que es.
¿Y por qué no te cuentas?, como nosotros…
Gracias Martha! porque sí no te cuentas, sí eres parte de esa Patria imaginada: colorida, abierta y zapatista, de ideales y reaccionaria; de la Patria que lee. ¿Cuándo nos encontramos en nuestra Patria Chica? la real, la que de los levantones diarios, la del éxodo de ricos -que finalmente son quienes emplean-, la de la extorsión a los pobres -que siempre nos sentimos exentos-…