Por ahí de 1996, en Cd. Altamirano, Guerrero, en la miscelánea familiar tuvimos un cliente bien especial, sólo tomaba Boing de mango, si no había o estaban calientes, decía “No gracias” se montaba en su bici y se retiraba a su casa, sin preguntar en la miscelánea de enfrente. Casi todos los días que hubo Boing de mango frío, él se sentaba en una de las jardineras y nos poníamos a platicar.
En muchas cosas coincidimos, en muchas otras no pero en lo que siempre me acuerdo, es cuando me dijo que en La Vida se la vive uno despidiéndose.
La Vida es una rueda de la fortuna, un carrusel, una serie de ciclos que se cierran y se abren. Un viaje con cambios de paisaje. Es una apuesta, un camino elegido. Un vals entre lo planeado y lo esporádico. La Vida es sentarse bajo la sombra de un almendro y refrescarse la garganta mientras con el sombrero de Tlapehuala se autoventila el pecho después de un largo recorrido en bicicleta; el huerto de plátanos quedaba fuera de la ciudad, allá en La Conchita.
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