Archivo mensual: noviembre 2009

El último Quimera.

Después de recibir el premio como mejor actor en Cannes en el 2006 por El Violín de Francisco Vargas; Don Ángel Tavira se presentó en el Festival Quimera del 2007 con todo y nietos e hijos. Estaba vendiendo bufandas y accesorios en el festival, junto con el Nana, Checo, Diego y Pamela. Nos organizábamos para que cada uno fuese a ver los eventos que gustara, yo ya había elegido ver a Don Ángel, antes de verlo, ya había visto El Violín.

No era el único guerrerense en el público, cada que terminaba un gusto o un son, gritábamos “¡Arriba la Tierra Caliente, cochos!”, a lo que un hijo de Don Ángel respondió “¡Esos guaches de Guerrero, si muy, muy, que se suban a zapatear!”. No nos lo volvieron a decir. Y bajo el efecto de los violines de los Tavira, convertimos el escenario de ese Metepec frío y húmedo, en una tarima calentana. Zapatié toda la primaria y secundaria, nunca imaginé volverlo a hacer con tremendos músicos. Al final, Don Ángel nos daba un autógrafo en un disco, uno de sus hijos nos pedía no preguntarle muchas cosas, pues estaba delicado de salud; sólo le pedí que dedicara el disco a Don Alfredo Alvear y le dí las gracias, las gracias por todo.

El disco se lo regalé a mi mamá, estaba lleno de canciones con las cuales su padre acompañaba el mezcal y los camarones secos con limón. Fue el último octubre de Dón Ángel, pues fallecería en julio de 2008, y fue el último Quimera para mi y para Nana; ahora, ya no tuvimos tiempo ni para ver a Lila Downs, ambos ya tenemos un empleo con horario, con IMSS y pagamos nuestros impuestos.

El buen Nabo, me dibuja junta con Nana y Pamela en el “puesto”, la última vez que vendimos en el Químera.

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Día 1.

El Doc, familiar mío de sangres no tan separadas, pasaba visita a los pacientes del Hospital de PEMEX en Azcapotzalco, D.F. Desde el sexto piso vio la columna de fuego que San Juanico despedía, minutos después, centenares de fotografías de cuerpos quemados y casas convertidas en un montoncito de ceniza.

Cenar con El Doc , Alfonso Quiroga y contarle las renegadas canas es como contar las de mi papá, pero no es su cabello, ni su voz, habría que inventarle un peinado y un timbre de voz. Tendré que ver si Carola, recuerda a que sonaba aquel jilguero y buscaremos uno que suene igual y sólo pedirle que pronuncie nuestros nombres.

Un hombre comenzaba la carrera que lo llevaría a recorrer parte del mundo y a vivir una vida bien veracruzana: compartido, mal hablado y buen amigo; otro, comenzaría a morir ese mismo día. Uno vestido con bata blanca de hospital, otro vestía llamas: del amarillo pasaban al naranja y del naranja al rojo. Brillaban.

No, nadie tiene razón para sentirse culpable, la vida nunca es la misma para nadie.

http://www.eluniversal.com.mx/graficos/especial/EU_sanjuanico/index.html

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La Gallundera en ene o #14

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Entrevista a Gerardo Betancourt

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Ofrenda para Miguel V. (1984-2008)

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Colocar cada parte de esta ofrenda, fue volverme a encontrar contigo. A volverme a conectar conmigo como lo hacía aquellas madrugadas en El Conti mientras nuestros corazones latían bajo el mismo beat.

Fue volver a pasar una tarde juntos.

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De los cuadernos de Gertrudis

La amiga desvanecida (ó Gertrudis La Quebrada)

Martes 2 de diciembre de 2008.

Sin Reinita Victoria, la vida de Gertrudis Pacheco se había tornado silenciosa, casi un año de que fuese  amputada tal arteria de su corazón. Cuando Reinita falleció, provocó en Gertrudis una explosión de tal tamaño, que el hongo provocado por ésta, se veía desde la tierra donde venden las pelucas de Geisha. La Gertru quedó tirada sobre la pista de baile (como la viejita de Studio 54), oyendo aún los tacones de Reinita al ritmo del danzón.

 

No más esa piel morena perfecta al rasurar. La comadre adelantada. Gertrudis se ha quedado muda de recuerdos, de olores y sabores, se ha quedado pasmada al saber que jamás encontrara a Reina Victoria, montada en su yegua color verde escuchando tango a todo volumen, estacionada en la esquina de la casa cada viernes. Se ha quedado pálida al saber que nunca la volverá a ver, no hay otra vida; y así, todo lo que Gertrudis ama y conoce, se desvanecerá algún día, como se desvanecen y dejan de existir los colores cuando se hace de noche.

 

Eso es lo que duele, escuchar como Reinita Victoria va quedando desvanecida, hasta quedar convertida en polvo, por que polvo somos y en polvo nos convertiremos, por que polvo fuimos en un comienzo, cuando las estrellas se impactaron y se inventó La Vida.

 

¿Qué para dónde se fue Reinita?, Gertrudis está convencida de que ni al cielo ni al infierno, ambos conceptos heredados de nuestros más primitivos ancestros; Reinita salió disparada hacía el espacio, con la única finalidad de hacer posible el movimiento de rotación de la Tierra, dejando sobre la superficie, una ausencia que no se ocupara con nada ni con nadie.

 

Las ausencias duelen, por eso, cada que Gertrudis tiene un orgasmo llora, llora por los orgasmos que le faltaron a Reinita; por cada beso cálido que recibe en los labios, por cada canción nueva, por cada sabor digerido, por cada sonido descubierto. A cada paso Gertrudis llora, por el mundo que ya no verá Reinita Victoria, y al mismo tiempo, por el mundo que tampoco verá ella; la muerte es inevitable, como inevitable es quedarse sin colores al apagar la luz al final del día.

 

El esclavo-patético-escriba (Cronista de una vida moribunda)

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