Archivo mensual: mayo 2010

Mi cuerpo y yo.

De niño, cuándo las temperaturas se alzaban sobre los treinta grados,  sin reparo ni pudor, me quitaba la playerita y me quedaba en puro calzón, salía a la calle y todos mis vecinitos andaban igual, había quien hasta andaba en infantiles pelotas, como el Cuco, por ejemplo. Desde niño conocí los cuerpos semidesnudos de mi madre y de su madre, mi abuela, Carolina Alvear y María Palacios. Dormíamos todos topless en el patio bajo los árboles de mango y el cielo despejado, por el calor.

De adolescente, oculté al cuerpo. Ambos (mi cuerpo y yo) no encajábamos, como si no fuésemos del mismo tamaño, o como si ambos tuviésemos distintas temperaturas. Igual, por el calor, íbamos al río o a balnearios, entraba al agua prácticamente vestido: bermuda debajo de la rodilla y playera talla extragrande, evitaba la mínima expresión de mi cuerpo: dominé mis primeras erecciones, reprimí “el bulto” y encadené mis pezones.

De joven, en la universidad, en la facultad, en el grupo vespertino de diseño gráfico, nos gustaba hacer performance. En cada uno de ellos, me las arreglé para salir con poca ropa. O era el guión o era yo. Exponer mi cuerpo, rodarlo por el suelo. Tuve que perderlo para tenerlo, sólo así, por el frío, podría encontrar calor en mi propio cuerpo: frotando mis piernas con mis manos, metiendo mis manos debajo de mi playera y frotarlas sobre mi pecho, mi abdomen, lo que alcance de mi espalda; frotar mis manos con mis manos, con mis manos tejerme abrigo.

Sin saberlo, me apropié de mi cuerpo y con él me manifesté mientras el sol que correspondía al siete de mayo del dos mil siete salía por Palacio Nacional. Yo con mi cuerpo –un poco más emparejados- nos plantamos frente a catedral y le gritamos a norberto rivera: ¡norberta rivera, el pueblo se te encuera!. Fui solo, Citlalli iba a ir pero le dio pánico a la mera hora, ya estaba registrado en lo de Spencer Tunick, era algo que tenía que hacer, solo o con quien fuera. Arrodillados, frente a catedral y encuerados, parecía que adorábamos más a los dioses Aztecas  que alguna vez se adoraron muy cerca de ahí, sí no es que ahí mismito. Mi ritual fue en silencio, no me importó si se robaban o no mi ropa, no sentí las veinticuatro horas sin dormir. Me encabroné también, de que nos mandara vestir primero a los varones, nadie le dijo a Spencer cómo se viven las relaciones entre femenina(o)s y masculin(a)os en este México, dijera mi buen maestro Ricardo Ázamar, “heteronormativo”.

Nadé entre dos mil cuerpos desnudos, despejados de artificiosos signos. No me ocupé de ver “con detalle” los cuerpos de los otros, estaba ocupado con el mío. Hace tres años, sin saberlo, comenzaría una relación distinta con este cuerpo que me contiene. Recostado en la plancha del Zócalo, con las bolas al aire y con el cielo en la cara, mantuve un dialogo con mis 1.69 de estatura, con mi tez clara, con mis vellos, mi(s) ceja(s), mis barbas y mis bigotes. Parado, encuerado, no saludé a la Bandera ausente, saludé a mis manos, mis brazos, mis pies, mis piernas, mis nalgas. No gocé del cuerpo ajeno, gocé de mis lunares, de mis venas que se hinchan, de mis nudillos anaranjados, de mis ojos cafés, de mi cabello castaño.

Hoy, mi cuerpo y yo somos cómplices y nos guardamos los secretos.

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