Archivo mensual: agosto 2010

Imaginar Patria.

De niño, renuncié  a las calcetas blancas: traía una de un color y otra de otro; renuncié a cualquier tipo de balón, el fut en la tele siempre me ha aburrido y jugarlo nunca me atrajo. Renuncié a los concursos deportivos y acepté los cursos de dibujo, los Atlas de México (aquellos enormes) y las monografías del Sistema Solar. Renuncié a los juegos agresivos y a irme de pinta con la guachada a los arroyos. Renuncié al azul, prefería la presencia femenina. Mi Patria de entonces, comenzaba hacerme saber que algo no estaba bien, y en un intento por hacerle saber que no todo estaba mal, me hice de ella: el último año de infancia, cada lunes escolar, cada acto cívico, me ponía mi uniforme especial, el cuál era especial entre los seis uniformes especiales: llevaba en mi gorro una pequeña asta coronada de flecos dorados. En mi pecho atravesado el porta y en mis manos La Bandera.

De adolescente, renuncié a los acomedidos, “a falta de su padre” –decían-, que insistían en llevarme a Las Delicias, la Zona Roja de Pungarabato. Renuncié a Delia, la más bonita de la secundaria. De adolescente, renuncié a llenarme los ojos de vaporub o la espalda de pica-pica con otros hombres. Renuncié a liberar mi energía golpeando, lo hice zapateando.

De joven renuncié al Servicio Militar Mexicano. El día del sorteo recibí una bocanada de mal aliento a prepotencia militar, en la cara del apestoso rompí dramáticamente mi precartilla; no se si fue performance, lo que sí se es que fue catártico. Rompí relaciones con lo que La Patria espera de mi como mexicano, como macho. Mandé a la Selección Mexicana de Fútbol al carajo y me puse a bordar, sin esconderme de mi abuelo paterno.

Al imaginar la Patria no puedo evitar remojar mis pies en la utopía; imagino mi Patria sin que la heteronorma me acerque a lo que no me gusta y me aleje de lo que disfruto. Me imagino una Patria donde ser lo que uno siente no represente una lucha social. Una Patria donde como hombre, reconozca y conviva con mis emociones, emociones bigotonas. Una Patria bien lejos del bien y del mal.

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¡Arre! (ó la tercer playera).

Seis veces he visto a Nortec, una de ellas en Valle de Bravo, en el Festival de las Almas: los cinco dj’s del colectivo juntos con la banda (¡tambora en vivo y a colorfull!) Agua Caliente. Había que llevar nopales en algún lado. Algo hay del norte en el sur y algo hay del sur en el norte, como la Norteña del Sur y los frijoles puercos. En otra ocasión (y con otra playera), éramos dos bailando, no se baila con cualquiera: muchas cosas entre ambos tienen que coincidir en un momento preciso. Con los cuerpos bien arrepegados, con la mano derecha en la cintura del otro; en la izquierda, las chelas. Entre zapateado y zapateado, se fortalece algo que después se desvanece; sin embargo, queda aquel viaje compartido. Agüita de Coco. La última vez fuimos tres: un chavo, una chava y yo. Los tres estábamos solos, compartimos un cigarro, pusimos nuestras mochilas a manera de hoguera y alrededor de ellas fue que bailamos. No supimos nuestros nombres, y es probable que nunca nos volvamos a ver, pero en ese momento simple y sencillamente nos conectamos, bajo el Monumento a la Revolución, del D.F.

Usé la playera con el nopal un par de veces más, hasta que convocado por El Xochipilli en la primavera del 2007, acudí a Santa María la Rivera, en el D.F. Me quité la playera y El Señor de las Flores comenzó a pintar mi torso desnudo. Nos fuimos a Bellas Artes para jugar con la percepción de los chilangos: de lejos parecía que estábamos completamente vestidos, de cerca, la pintura nos delataba. De regreso a Toluca, me volví a poner la misma playera, y sin darme cuenta la playera inexistente quedó grabada en el interior de la de nopales. Dos por una.

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