Archivo mensual: agosto 2011

Masculinidades

Desde los años sesenta, el movimiento feminista produjo investigaciones y ensayos acerca de la situación de la mujer, impulsando los Women’s studies, siendo la década siguiente en la que comenzarían a aparecer los Men’s studies teniendo como particularidad, en dejar de lado al hombre como representante general de la humanidad y adoptar el estudio de la masculinidad y las experiencias de los hombres. Tratando más comúnmente los temas relacionados con la salud reproductiva, la paternidad, el SIDA, la violencia doméstica y la sexual, la identidad masculina, la vida emocional de los varones, su participación en la esfera doméstica, el cuerpo, la sexualidad, la masculinidad hegemónica y el machismo. Para tratar todos estos tópicos –y los que se sumen- Michael Kimmel propone tres formas de abordarlos:

1.Enfocándose en las emociones de los hombres.

2.Estudiando a los hombres en grupos.

3.Poniendo las experiencias de los hombres en un contexto estructural.

Mientras tanto, Víctor Seidler menciona, como modelos de investigación:

1.El integrado por hombres “profeministas” que reconocen su malestar ante la imposición de la masculinidad heteronormativa; desarrollando estudios antisexistas contra la violencia masculina, el acoso sexual y la violación.

2.En contraposición al anterior, se tiene el modelo cuyo objetivo es la liberación masculina (men’s liberation), que postula  que también los hombres están limitados, constreñidos –con sufrimiento incluido-  por los papeles que la sociedad patriarcal les imponen.

3.El tercer modelo, rechaza la interpretación de masculinidad como relaciones de poder solamente y considera las condiciones a las que se ven enfrentados los propios hombres en relación con la masculinidad dominante.

A estas fechas, los autores coinciden en que los estudios acerca de los hombres, son incipientes y sin la profundidad teórica de los Women’s studies. También coinciden, en que no se puede hablar de una sola masculinidad, existen distintas masculinidades, y cada una tiene una representación social distinta, los modelos de conducta de cada una están determinados por la clase, etnia, generación y raza.

Raewyn Conell inserta a la masculinidad en las cuatro dimensiones propias de la estructura de género:

1.Relaciones de poder. Entender al poder como una dimensión de género, permite entender no sólo las dinámicas de control que ejercen los hombres sobre las mujeres, sino las distintas formas de poder que ejercen los hombres sobre otros hombres, ya sea de forma individual  o colectiva.

2.Relaciones de producción. O lo que es lo mismo, a la división sexual del trabajo, que como ya se vio, asigna a las mujeres al ámbito del trabajo invisible, devaluado y no pagado, en tanto coloca a los hombres, material y simbólicamente, en el espacio de trabajo remunerado, a la acción colectiva y el poder.

3.Relaciones emocionales. Se centran en el deseo, el erotismo y la vida emocional. Por ejemplo, la doble moral con respecto a la sexualidad femenina y la castración emocional masculina y cómo, a partir de estas limitantes, se relacionan hombres con mujeres y con otros hombres.

4.Relaciones simbólicas. La sociedad, como productora de significados, los otorga a las relaciones entre hombres y mujeres involucrando la totalidad de su propio sistema de comunicación que incluye al lenguaje hablado, al escrito y al corporal; la forma de vestir, los rituales de iniciación y los religiosos; actividades como el deporte y el trabajo y los productos culturales como el cine, el teatro, o la danza.

Elsa Guevara define: “la masculinidad es una dimensión del orden de género que remite a esa posición social que hace posible el acceso a diversas formas de capital derivados del lugar que ocupan ciertos individuos por su condición de hombres y que amplia su campo de acción, su ámbito de decisión individual y sus oportunidades de poder. La masculinidad no se refiere a una posición fija en una estructura social, sino a las posiciones jerárquicas en distintos campos que permiten la acumulación conjunta de distintos tipos de capital: económico, cultural, social y simbólico” (Guevara, 2008: 85).

Las identidades masculinas pueden ordenarse alrededor del dominio de determinadas habilidades (liderazgo, fuerza física, etc.), en torno al grado de experiencia en una actividad (como en el caso de los profesionales), y otra más en relación a la violencia (la ley del más fuerte en barrios suburbanos y en prisiones). Dentro de estas identidades, unas tienen más prestigio y honor que otras, como las identidades masculinas homosexuales, que al ser feminizadas automáticamente son desprestigiadas en occidente en tanto se sobrevaloran las identidades masculinas de actores, cantantes o deportistas. Es importante diferenciar, el tipo de masculinidad hegemónica, que, según Kimmel no es otra cosa más que “un hombre en el poder, un hombre con poder y un hombre de poder. Igualamos la masculinidad con ser fuerte, exitoso, capaz, confiable y ostentando control” (Kimmel, 1994: 49-62). De acuerdo con esta masculinidad, los hombres están constantemente acumulando símbolos culturales que denoten virilidad, cómo señal de que han logrado ser hombres, por lo tanto, éstos no tendrán nada que ver con los asuntos de mujeres, siendo la masculinidad sinónimo de repudio implacable hacia lo femenino; se es un hombre, cuando se es poderoso, rico, exitoso y con una perfecta posición social; cuando se es fuerte, con las emociones bajo control y sin licencia para llorar; y sobre todo, cuando se es competitivo y agresivo.

Del párrafo anterior, se desprende otra definición de masculinidad, de tal forma que ser hombre nace de la renuncia, del rechazo a lo femenino, no de la afirmación directa de lo masculino, lo cual deja a la identidad del género masculino tenue y frágil.

Como consecuencia de esa masculinidad hegemónica, se tiene que la gama de opciones para los hombres es reducida al tener muy claros los límites del “ser hombre” (un hombre no usa falda, tampoco prendas de color rosa o lavanda, etc.); se tiene una presión por probar (y mantener) su condición de hombre (cosa que no sucede con las mujeres) ante otros hombres, por lo cual se negará o se dudará de la masculinidad ajena, en un intento por mostrar la propia. Ante ese miedo constante de ser percibido como poco hombre, las reglas tradicionales de la masculinidad se exageran, aumentando la presión; esta presión, puede ser el origen a que los hombres se suicidan con una frecuencia tres veces mayor que las mujeres.

Finalmente, Seidler propone el tomar en cuenta  de manera seria, lo que los hombres sienten y piensan de sí mismos, es decir, “escuchar a los hombres y permitirles expresar sus propias experiencias” (Seidler, 1997: 11-30). 1

Postal realizada en el Taller de Autopromocional-Collage  impartido por http://www.zoveck.com en el 2009 en http://www.grupohorma.com

1. Extracto de Doméstico: acercamiento al otro libro de Raúl Renán a partir de la autobiografía, según Eugenio Núñez Ang, Tesina, 2011, Gerardo Betancourt Alvear, Director: Dr. en C.S Miguel Ángel Rubio Toledo. Facultad de Arquitectura y Diseño, UAEMéx.

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