Archivo mensual: julio 2012

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Santa Marchanta

Me ha gustado siempre la vendimia, la vendedera, lo pochteca. Primero vendí dulces, tenía una mesita en la tienda de mi mamá y era el dealer del azúcar en la primaria. Después vendí pan, de la panadería de Doña Rebe nos empezaron a llevar treinta piezas en una charola, Carola, mi madre, ponía una servilleta de manta con pájaros bordados en una canasta, y ahí metía el pan, entonces yo salía a recorrer las calles a eso de las 6 de la tarde, y cada vez me fui más lejos hasta llegar a vender 120 panes, los cuales transportaba dentro de un gran canasto y éste sobre una carretilla. De no ser tejedor, sería panadero. Después la tiendita quedó a mi cargo cuatro años, de los 14 a los 18.

En la Facultad vendí velas, libretas, dulces y bufandas, siempre leyéndole la mano a otros gitanos. Hasta que sucedió vender bufandas en Los Portales, en el Centro Histórico de Toluca, antes de que el PAN municipal llegará con su cruzada contra el ambulantaje.

Tirados en el piso trazamos sobre manta teñida de azul, cabezonas y cabezones con cabello de lana natural, venidos a bien a través del muestrario de trenzas por el cual todos preguntaban: “¿Se vende?”; “No” contestábamos. Hasta que Malena Carbajal decidió que teníamos que empezar a contestar en positivo. Ella hacía joyería con piedras naturales, yo tejía. Ella fue mi profesora en primer semestre, después se fue al posgrado en Barcelona y tenía poco de haber aterrizado. Sin reparos me compartía nuevas del Viejo Mundo y al mismo tiempo se tiraba al piso público para trazar y cortar. Compartimos un Quimera mientras tejíamos en nuestro “puestito” que diario montábamos con la mejor de las buenasvibras. Y entre vendimia y vendimia, de Male yo aprendía.

Mis Santos son mortales, mi sistema de creencias se base en lo que otros seres humanos comparten en un fragmento de tiempo que si bien nunca se volverá a repetir, formará parte de mi línea de vida en el espacio. Con asombro casi arqueológico, me encontré una figura de aquel tiempo, le puse género al vestirle, se cargó con la energía de una Luna llena y llegó a manos de Malena.

Male, una de mis Patronas Pochtecas, Santas Marchantas, Santa Malena.

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Los Treinta hongos de Saltillo

Nomás llovió, y brotaron de un campo cercano Treinta hongos de colores. Con mi gancho y estambre los coseché (mentira que uno cosecha lo que siembra). Antes, realicé una danza al Árbol Manzano que los alimentó en esa mística simbiosis. Hice plegarias a la Nube, Madre de la Lluvia para que conserve los nutrientes y buenos pensamientos de estos frutos de la Tierra. Adoré al Volcán, pidiendo-te buen viaje, Claux.

Y no de hongo. El último verano en la maestría, treinta hongos para compartir. Celebro contigo Claux las ganas de conocimiento, de aprendizaje, de enseñanza, de la exploración; dónde más que el grado, lo que importa son todas esas semillas germinadas que se quedan en la cabeza y en el corazón.

Soy un hombre de campo agradecido, por ser quien cosecha estos champiñones para que vuelen contigo Claux, atravesar medio país hasta que te encuentres con tus compañeros de viaje maestrante y compartas con ellos las buenas vibras del Xinantécatl, lo que nace en estas tierras.

Y porque tu lo pediste, son hongos orgánicos.

 

 

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