Recortar, pegar, recordar

2014-09-22 16.23.37

Cada cuerpo tiene su propio ritmo, sus propios movimientos. Hay quien digiere rápido las cosas, quien no las digiere nunca y todas las escalas intermedias que se encuentran entre ambos polos. Cuando llegué a Madrid el 21 de enero del 2014, de las primeras cosas que hice fue comprarme un cuaderno con tapas negras y hojas gruesas de quién sabe que papel en la papelería de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, y de las primeras promesas que me hice fue llevar una bitácora en este blog. Sin embargo, una vez instalado en la capital española me dediqué a explorar el exterior y el cuaderno se quedó en blanco y el blog con una sola entrada. Me volví un caminante de día, de noche, de medianoche y de madrugada; a pie, en auto, en metro, en tren, en autobús, en bicicleta, en motocicleta, en avión y en barco; cada vez mis pasos me llevaron más lejos y atravesé líneas imaginarias llamadas fronteras por tierra, mar y aire.

Llegar con una fecha y con una hora de regreso hizo recuperarme pronto del jet lag, del Síndrome de Ulises y del mal del indio, sabía que tenía que vivir esos seis meses con todos mis sentidos y con todas mis intensidades, no podía darme el lujo de gastarme el tiempo extrañando el chile y las tortillas, “ojala pudiese estar en la vida como si fuese un viaje de seis meses” me dije una de las últimas veces que viajé en el metro de Madrid. Me encontré con mis propios movimientos, con mis miedos, con mis recursos y con mi propio ritmo; y,  para utilizar este cuaderno de tapas negras y registrar la experiencia en una bitácora tuvieron que asentarse muchas cosas. Para empezar, tuvo que regresar mi alma y volverse a encontrar en este suelo americano con mi corporalidad, dicen que entre más tiempo y más distancia hay entre el día que saliste de un punto y el día en que retornas a él, el alma se demora más en regresar al cuerpo. Recolecté pedazos de papel que sirvieran en el futuro para recordarme los lugares y los seres, las emociones y las desilusiones, la dicha y la angustia, la intensidad y la sorpresa; hoy ese futuro es mi presente. Un año después de haber llegado, comienzo a registrar a partir del recuerdo como testimonio de un tiempo de constantes descubrimientos, de la memoria como potencia del alma que se alimenta del pasado y de la nostalgia por las personas con las que brotó la amistad. La experiencia de vivir seis meses fuera de la patria amplió la necesidad primaria por definirme y así me cayó como veinte mi propia latinoamericanidad, mi mexicanidad, mi masculinidad alejada de machismos tropicales. A través de etiquetas, boletos, recortes, empaques, trípticos, volantes y sobres reconstruyo la experiencia como quien reconstruye un templo perdido, como quien arma una carta rota para volver a leer el mensaje y volver a emocionarse.  Voy ocupando las cien hojas de este cuaderno de tapas negras y duras como quien acomoda cuidadosamente cada objeto dentro de un aromático baúl que sirve para albergar recuerdos.

Recorto, pego y recuerdo

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